Los budas del valle afgano de Bamiyán

By john | el mundo

May 03

Yoko Taniguchi es uno de esos científicos que acompañan el anuncio de un gran descubrimiento con una sonrisa reveladora. No es para menos: la humanidad conoce ahora los primeros óleos pintados en la historia. Taniguchi forma parte del National Research Institute for Cultural Properties de Tokio, y es líder de un proyecto conformado por científicos europeos, japoneses y estadounidenses, que tiene como objetivo cuidar y estudiar lo que queda de los budas del valle afgano de Bamiyán.

Hace siete años, en marzo de 2001, el Talibán de Afganistán habían tomado la decisión de elevar por los aires la presencia de los gigantescos budas, alguna vez declarados por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

Las imágenes televisadas daban cuenta del crimen cultural. Los dos Budas gigantes de Bamiyán, esculpidos en arenisca durante los siglos III y IV, y situados a unos 130 kilómetros de Kabul, la capital de Afganistán, volaban por los aires gracias a la detonación de un paquete de poderosos explosivos y pólvora.

Llegaba a su final lo que había sido creado por artistas de origen griego que descendían de aquellos que poblaron ciudades como Herat o Baghlán, fundadas por Alejandro Magno en su conquista asiática, unos 200 años antes de Cristo.

 

Aquellos artistas, por encargo de los budistas que llegaron a Afganistán tras la prohibición de su fe en otros lugares de Asia, crearon por primera vez las caras de Buda que posteriormente quedarían como imagen universal del dios.

El Talibán habían decretado la destrucción de los budas en febrero de 2001, pero se había suspendido con motivo de la Eid al-Adh, la fiesta islámica del sacrificio del cordero.

Aquel paréntesis fue utilizado por el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan para tratar de convencer al ministro de Asuntos Exteriores talibán, Wakil Ahmad Muttawakil, de frenar la destrucción de los budas.

La reunión desembocó en el temido fracaso. Tampoco las presiones diplomáticas de muchos países del mundo dieron resultados positivos, ni tampoco la petición de la UNESCO.

Entonces llegó el 9 de marzo. La fecha pasó a la historia como el día en que se destruyeron los Budas de Bamiyán, los más grandes del mundo. Pero además de los dos colosos, el Talibán habían destruido también miles de figuras arqueológicas consideradas como ídolos.

Con su destrucción se pretendía, tal como dijeron líderes religiosos talibán, “evitar la adoración a ídolos falsos”. Era una campaña para acabar con todas las imágenes preislámicas que, según su versión del Islam, van contra los principios de la fe musulmana.

Tras la caída del régimen del Talibán, se estableció a través de la UNESCO una comisión de especialistas que debía reconstruir las dos estatuas gigantes. De inmediato se conocieron las palabras de Paul Bucherer-Dietschi, uno de los responsables del programa de reconstrucción de las estatuas.

Bucherer-Dietschi explicó que el principal coste no era la reconstrucción de los budas, sino el complicado proceso de estabilización de las montañas de piedra calcárea en las que se esculpieron y que sufrieron grandes daños estructurales por las explosiones que acabaron con las figuras.
Han pasado siete años de silencio y el proceso de estabilización de las montañas ha arrojado un tesoro inestimable.

Las cuevas que nacen a las espaldas de los buda, eran el escondite de las primeras pinturas al óleo conocidas hasta ahora. Es el anuncio del que se hizo eco Yoko Taniguchi. Su equipo ha descubierto aceites secantes necesarios para la técnica de pintura al óleo y que datan del siglo VII después de Cristo.

Se trata de murales ocultos tras los budas, donde se representa a la divinidad sentado con las piernas cruzadas, vestido con ropajes rojos y rodeado de palmeras y criaturas mitológicas.

Las pinturas fueron realizadas con la técnica del óleo, posiblemente con uso de aceite de nuez o semilla de girasol como secante. “Es el ejemplo más antiguo de pintura al óleo del mundo”, explica Taniguchi.

Y es que hasta ahora, la historia del arte atribuye a los pintores flamencos del siglo XV, en particular a Van Eyck, la invención de la técnica al óleo. Pero ahora los científicos calculan que las pinturas afganas son obra de artistas que viajaban a lo largo de la Ruta de la Seda.

El descubrimiento realizado por Taniguchi es gigantesco; pero gigantesco es también el valor arqueológico de países como Afganistán, inmersos en una sangría de décadas y sometidos a los intereses de las grandes potencias de Occidente. Lo mismo sucede en el caso de Iraq, la antigua Mesopotamia.

Cabría esperarse una actitud más decidida de instancias como la UNESCO en la defensa del patrimonio arqueológico y cultural de estos países. Lamentablemente, en un mundo globalizado, las responsabilidades tienden a diluirse, como los intereses particulares a acentuarse.

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